Comentario Nº 85, 15 de marzo de 2002
Israel/Palestina: ¿Puede haber paz?
Se está haciendo cada vez más difícil creer que haya a la vista un final para la guerra. Siempre fue una situación política difícil sin soluciones fáciles. Aun así, no era inevitable que llegáramos al punto al que hemos llegado. Nos encontramos en una situación en la que dos movimientos nacionalistas modernos reclaman la misma tierra. Y no es solamente que ambos reclamen una franja territorial en disputa; es que ambos reclaman todo el territorio en cuestión.
En tal situación, todos entendimos desde el principio que sólo había tres posibles soluciones definitivas: (1) el establecimiento de un estado binacional; (2) que uno u otro bando se quedara con el 100% de la tierra (y probablemente expulsara o asesinara a los otros); (3) que se llegara a una partición aceptada por ambos bandos.
Los estados binacionales son bastante difíciles de mantener unidos (Canadá, Bélgica, Chipre), pero parece virtualmente imposible que se formen donde no existían antes históricamente (y los dos que se fundaron ab initio –Checoslovaquia y Yugoslavia– ya no existen). El intelectual judío, ahora olvidado, Judá Magnes, que fue primer rector de la Universidad Hebrea, luchó por crear un Estado binacional en el período anterior a 1948, pero nunca contó con una gran audiencia para su opinión. Recientemente, algunos intelectuales palestinos han propuesto ideas semejantes, pero tampoco cuentan con mucha audiencia para sus opiniones. Dado todo lo que ha ocurrido, no parece que ésta sea una opción políticamente viable.
Luego está la idea de la destrucción mutua, que cuenta con mucha mayor audiencia que la de un estado binacional. Apostaría (no hay encuestas de opinión fiables) a que quizá el 30% de los judíos israelíes y el 30% de los árabes palestinos están de hecho en favor de esa opción, aunque algunos de ellos los nieguen. Por consiguiente, se trata de una opción seria, y hay gente que está trabajando seriamente por ella. Por supuesto, los miembros de cada bando favorables a esa opción piensan que la victoria estará de su parte, y aportarían largos análisis geopolíticos (por no hablar de la esperada intervención divina) para demostrar por qué van a ganar. ¿Y quién sabe? Quizá alguno los dos tenga razón, y el mundo podrá apuntar en su cuenta otro holocausto –ya sea de árabes o de judíos– y pasar a ocuparse de otros asuntos (a menos, por supuesto, que uno u otro consiga iniciar una guerra nuclear).
Eso nos deja a los demás (israelíes, palestinos y quienes no somos ni lo uno ni lo otro) que no queremos creíble un estado nacional y que nos negamos a contemplar entusiasmados el Armagedón. Se nos podría denominar el campo de algún tipo de paz. El problema es: ¿Qué tipo de paz? No es tan simple, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, estar a favor de la paz, ya que hay dos tipos de acuerdos de paz: hay los que cortan la tarta aproximadamente por la mitad, 50-50, y los que la cortan en un trozo muy grande y otro muy chico, digamos 80-20. Y que no se me hable de justicia. La paz y la justicia no sólo no son la misma cosa, sino que a menudo son incompatibles. Así pues, si se está por la paz, a menudo hay que apartarse de la idea de justicia, o al menos de una justicia absoluta.
El problema con los que están a favor de la paz es que muy pocos de ellos están realmente a favor de una solución 50-50. La mayoría pretende más bien soluciones del tipo 80-20 en favor de un bando u otro. Eso es lo que sucedió en las negociaciones antes y después de Oslo en el caso Israel/Palestina. La única diferencia entre Sharon y Barak es que Sharon ha incrementado la desproporción de 80-20 a 95-5. Ésa es más o menos la diferencia entre Arafat y Hamas. Conseguir un acuerdo más próximo al 50-50 es algo que queda muy lejos. Y entretanto, la guerra se recrudece, y puede que ya esté más allá del control de quienes quieren la paz.
¿Qué es una solución 50-50? No responderé a esa pregunta, porque los lectores me acosarían intentando precisar mil pequeños detalles. En el pasado ya hemos tenido en varias ocasiones puntos de partida para una solución 50-50. En el momento actual, la gente discute sobre las ambiguas propuestas del príncipe Abdullah. Pienso que sería un punto de partida tan bueno como cualquier otro, pero nadie parece iniciar la marcha, y dentro de un año las propuestas de Abdullah pueden ser historia, como lo son ya las de Mitchell. En cualquier caso, lo que es importante si alguien quiere alcanzar un acuerdo 50-50, es no sólo un plan, sino cierto espíritu, cierto grado de agotamiento mutuo, y cierto grado de presión exterior.
Por el momento, ese espíritu no existe, el agotamiento está sólo empezando a sentirse, y la presión exterior es simplemente nula. Estados Unidos es el aliado de Israel, como sus dirigentes nunca se cansan de proclamar públicamente, y eso es ahora más cierto que nunca. Sí presionan, es en favor de una solución 80-20 pro-israelí. Los europeos son más equitativos, y por eso es por lo que los israelíes no quieren que desempeñen ningún papel. Pero los europeos tampoco quieren criticar públicamente Estados Unidos sobre esta cuestión. Eso forma parte del problema más amplio de las relaciones entre Europa y Estados Unidos. Y Abdullah, con seguridad, no puede hacerlo sólo, si es que en efecto está a favor de una solución 50-50 .
Así pues, ¿qué va a suceder? Por eso es por lo que está justificado el pesimismo, aunque sea terrible ser pesimistas. Después de que los israelíes reocupen permanentemente Cisjordania y la franja de Gaza, de que algún bando decida utilizar armas biológicas y/o químicas, y de que se haga saltar por los aires la mezquita de Omar y el muro de las lamentaciones, podremos juzgar a posteriori cuál de los dos bandos se ha suicidado. Ese será el tema de muchas tesis doctorales y muchos informes periodísticos, e incluso puede que se escriban al respecto grandes novelas.
Yo recomendaría ocultarse en una cueva, aunque ya comprendo que ahora existen esas maravillosas armas que le pueden matar o desintegrar a uno aunque se haya escondido en la más profunda de las cuevas. Las cosas eran más simples el año pasado.
Immanuel Wallerstein (15 de marzo de 2002).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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